No nos engañemos, en vez de una declaración solemne, nos encontramos con un galimatías parlamentario que nos dejó en estado de shock.

El 1 de octubre, Puigdemont iniciaba nuestro encargo popular, y el único activo real de la independencia éramos nosotros, su gente, y solo eso…
Pero llegó Rajoy a hostias, y de golpe (nunca mejor dicho), no solo Europa nos descubrió, sino que nos ganamos el apoyo emocional, que no político, de todo el continente.
Faltaba el soporte político. Gran problema.
Y va Puigdemont ayer, y aún con muchos llantos y algún insulto, se juega públicamente frente al mundo y al todo o nada su único tesoro: El apoyo de su pueblo.
¡Cogemos todos un cabreo monumental, no entendemos que hace, suspende antes de proclamar y tiende la mano abierta al diálogo a quién nos atiza!
Pero una vez más, la clava.
¿Quieren diálogo? Ni peleas internas, ni llamadas de “Déu nostre Senyor”: Retrasó una hora su aparición para que Europa se detuviera…
Y va el muy cabronazo, se sube al reloj más famoso de Berlín de la Alexanderplatz, agarra las agujas, las detiene en el tiempo y, aún decepcionándonos, con esa misma mano abierta abofetea la intransigencia del PP y le traslada el fracaso de mañana en forma de diálogo.
Es inteligente, pero ¿Cómo se gana ahora a Europa y recupera la parte del pueblo que ha decepcionado?
No lo hará él, lo hará Rajoy.
El PP, contra las cuerdas pero esclavo de su intransigencia, volverá a cargar jurídica y físicamente de nuevo contra Catalunya, y al hacerlo, no solo la gente volverá en masa a defender su país, sino que Europa, aún no posicionándose, no podrá mantenerse equidistante entre quién tiende la mano abierta y quien la cierra para agredir.
Maltrátanos un poco más Soraya, tus jueces ya son nuestra fuerza…
Tus puñetazos serán nuestra libertad.

Lluis Carrasco

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