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Carta a mi Teniente: Querido papá, ¿Qué hubieras sentido, viéndome en la celebración de la Diada, y a favor de la independencia de Cataluña?

Escribí esta carta, el día después de la Diada, sin ningún tipo de intención, a parte, quizás, de la misma catarsis. Viendo todo lo que ha ido pasando después…

CARTA A MI TENIENTE

Querido papá, ¿qué hubieras sentido, ayer, viéndome en la celebración de la Diada, y a favor de la independencia de Cataluña? Sé que no puedes responderme pero eso no impide que yo te escriba, como tú no dejabas de escribirme cartas que empezaban con “Querida Celia” por el simple hecho de que yo aún no hubiera nacido.

Tú me hiciste sentir española. Nací en España, y no estoy hablando sólo de geografía. Eras militar —aunque eso no sea sinónimo de amor a España. Tampoco eras, lo que se dice, contrario a Franco, y evidentemente sí contrario al independentismo.

Tu origen aragonés propició que yo hablara castellano en casa hasta que tuve diecinueve años, la edad en que te perdí. Y si hablábamos castellano jamás fue por imposición tuya sino porque tú y mamá os enamorasteis en Aragón, siempre os comunicasteis en esta lengua y eso se hizo extensivo a mí.

Papá, parecía que mi destino emocional, en cuanto a patrias, era únicamente España, porque tú, no solo eras militar del Ejército Español, y creías en una patria indivisible, sino que, para colmo, no respondías, para nada, a la tópica idea del padre militar antipático o autoritario, lo cual me habría hecho desconfiar de tus ideas. Al contrario. Eras uno de los hombres más extraordinariamente buenos y cachondos que he conocido. Y me importa un rábano si pensabas así o asá. O mejor dicho, no. He conocido demasiadas personas heridas por la dictadura, y desearía que ésta no te hubiera ni rozado en ningún sentido. Pero todos vivimos rodeados de informaciones distintas y parciales que nos condicionan y, conociéndote, imagino, tengo motivos para pensar que tenías tus dudas. De lo único que yo no dudo, es del padre que quiero haber tenido y seguir teniendo: tú.

Tú eras el padre que, cuando yo era pequeña, ponías una cuerda larga entre mi cama y la tuya, entre mi mano y la tuya, para que cuando me asaltaran los terrores nocturnos pudiera tirar de la cuerda y tú pudieras contestarme con otro tirón tranquilizador.

Convencerme a mí de que el independentismo era malo, y de que Cataluña debía continuar integrada en España, habría sido tan fácil para los gobernantes que en los últimos años ha tenido España… ¿Cómo se las habrán arreglado para errar el tiro tan certeramente?

Cuando alguien —afortunadamente pocas veces— me pregunta por qué escribo en catalán tiendo a responder “porque es mi lengua”, pero últimamente contesto “porque es mi lengua literaria” o simplemente “porque quiero”, ya que reconozco que no tengo una lengua sino dos. Y mi amor por España —digo España, no sus gobernantes ni su monarquía— es paralelo a mi amor por la lengua castellana. Un día escribí un poema (en catalán) dedicado a la lengua castellana, para que quedara constancia de ese amor. ¿Cómo se puede, con todos esos ingredientes, no haberme conquistado para las filas unionistas? ¿Como han podido los capitanes de ese transatlántico que dicen que es España, decepcionarme tanto como para traspasar la gruesa capa de imágenes y vivencias que me habrían impedido votar Sí el uno de octubre?

Sé que en tus valores morales no tenía cabida la mentira, ni la hipocresía —por eso te dormías delante de las visitas que no te interesaban, o te mostrabas contrario a la monarquía, o escondías en lo alto de un armario las medallas y cruces que te habían otorgado, con una sensación de vergüenza que nunca llegué a entender mientras vivías. También eras un hombre muy legal (en el sentido menos coloquial de la palabra y en el otro también) pero en muchas ocasiones me diste a entender, con palabras y con actos, que la justicia (en su sentido menos jurídico) estaba por encima de la ley. ¡Ley! Si supieras hasta que punto nos hemos hastiado de oír esta palabra en los últimos meses… Más de una vez, recuerdo que te la saltaste. Por ejemplo —y ya que esto va de cartas—, cuando animabas a los soldados analfabetos, a los que dabas clase, a redactar cartas a la novia con sus propias palabras. Aparcabas a un lado toda tu ley moral con el fin de que aprendieran a ser autosuficientes siendo ellos mismos, sin máscaras. Y aunque la temática y los términos que iban apareciendo en aquellas cartas llegaban a niveles pornográficos de altura, nunca censuraste ni una sola de ellas, al contrario, te divertía y te complacía ver que el método “carta a novia sin censura” funcionaba y tus alumnos aprendían aceleradamente.

Mi infancia fue España, sí. Y hablando de aprender, fui a un colegio nada menos que catalanista. Eras tan especial, papá, que con todo tu franquismo, y con reparos, escuchaste a mi madre y finalmente preferiste que yo fuera a una escuela “separatista”, pero buena e innovadora, que a una de las que corrían por aquellos tiempos, a finales de los cincuenta, y dejaban tanto que desear. Pero eso no mermó mi españolidad, entre otras cosas porque, contra todo pronóstico y reconociéndole muchos, muchísimos méritos, no me sentí muy bien acogida en aquel centro por parte de las compañeras. Sufrí tanta discriminación, o eso que ahora llaman bullyng, que llegué a coger manía a las personas que hablaban un catalán muy perfecto y con un marcado acento. Recuerdo que me irritaba especialmente la palabra “aleshores” en boca de las profesoras, profesionales muy responsables pero distantes que no se daban cuenta de lo que me pasaba. Insisto, yo he acaparado todos los números para que mi cerebro rechazara la idea de la independencia de por vida. Pero ¡ah! alguien ha hecho conmigo un gol en su propia portería.

He disfrutado con la literatura española; con la música española, desde la más clásica a la más folklórica; con el arte de España. Soy una apasionada del cante jondo, he tocado la guitarra flamenca; veo por televisión programas gallegos o vascos; me emociona la jota aragonesa y tanto iría a un concierto de los Mazoni como de Lola Flores —si viviera. Y siempre me ha fascinado ese puzle de culturas y paisajes ricos y diversos. Sí, sí, ese puzle que a fuerza de mazazos los dirigentes han conseguido que no encaje y que se vaya pudriendo. Conmigo también han logrado la cuadratura del círculo: que teniendo en mí un terreno tan abonado para sus intereses, yo me declare independentista, y me ilusione haber nacido en un pueblo capaz de hacer la revolución con tanta valentía, humor, alegría, voluntad de paz, y diría que una tozudez propia de mi adorada tierra maña.

Durante mucho tiempo consideré que, si algún día Cataluña alcanzaba la independencia, eso no supondría un drama para mí, pero que algo dentro de mí me produciría daño. ¿Qué ha pasado, para que incluso ese posible daño me lo hayan resquebrajado? Han perpetrado filigranas de despropósitos, artesanía pura de mentiras. Y no, que no se hagan ilusiones de que yo reniegue de España para así poder señalarme. La seguiré queriendo. Casi como tú la querías, papá. Pero es que tengo la sospecha de que incluso tú, si vivieras, o bien te hubieras vuelto independentista o comprenderías que yo lo fuera, o que como mínimo lo aceptarías. Cuando medio país, por no entrar en mezquinas discusiones de si mayoría en escaños, que si mayoría en votos — ¡habría tanto que hablar sobre eso! —, que si la mitad más uno o menos uno, en definitiva cuando medio país pide lo que pide —un referéndum—, y buena parte del otro medio no pide lo contrario, aquí pasa algo a tener en cuenta. Viendo el millón — ¡o las que fuesen! —de personas que ayer se echó a la calle para pedir la independencia pacíficamente, pero sobretodo, si oyeras las mentiras del Gobierno, y cuando te contáramos que nos invalidaron un Estatut que había estado aprobado por los catalanes, por el gobierno español y hasta firmado por el Rey… ¿Sabes qué parecen? Niños pequeños que solo saben decir “mamá” o “ajo”, sólo que ellos dicen “ley” —que por cierto, es como los chinos de las viejas caricaturas pronunciarían rey—, eso sí, sin balbuceos, como si dominaran todo un vocabulario, como si todos fueran expertos en jurisprudencia, como si de un momento a otro fueran a lanzarse a hablar de corrido… Y cuando una ley sólo se justifica por el hecho de serlo, cuando no está llena de substancia, no es de ley. ¡Pero es que ni siquiera, según parece, hay una ley que afirme que es delito organizar un referéndum como éste!

Ellos, aunque no represente una comparación en sentido estricto, se comportan como el marido que, para evitar que su mujer se vaya de casa, intentan convencerla con argumentos como “el matrimonio es sagrado”, “¿qué te ha faltado a ti?”, — en el caso de Cataluña, un argumento, dicho sea de paso, muy rebatible— “te vas a quedar sin nuestros amigos comunes, si te vas”… Tú, papá, que por no querer nada forzado, no querías regalos en el día del padre ni tampoco los hacías en el día de la madre —los dabas cuando te apetecía, y para sorprender al otro—, no creo que estuvieras de acuerdo con ese argumento. Incluso si continuaras aferrado a la idea de la unidad de España, pedirías las urnas. No, ese “marido” no se disculpa por nada ni propone cambio de actitudes ni pronuncia la palabra amor para reconquistar a su mujer. Claro que ahí sí que demuestran sinceridad. ¿Aman nuestra cultura, aquello que, según ellos, forma parte de España? ¿Invitan a los españoles a que adquieran conocimientos de otras lenguas del Estado para que puedan disfrutar de una literatura que también tendrían que considerar como propia, aunque se llamara literatura catalana? Pues claro que no. ¿Por qué no la valoran —al contrario, la ridiculizan— como parte de su patrimonio, en vez de temerla como una amenaza para su patrimonio?

En ese punto, en la prohibición sistemática de las urnas, un buen día me di cuenta de que no solo no representaría ningún drama para mí que Cataluña se independizara, sino que supondría un alivio romper relaciones con unos políticos que propugnan el diálogo contrapuesto a la violencia pero que cuando les das diálogo solo sueltan aquello de “mamá” o “ajo” o “ley”. ¿Eso no es violencia?

Si ante esa mujer que se quiere divorciar de su marido —que igual se podría tratar de ese cantante que anhela emprender una carrera en solitario y separarse de su grupo—, ellos (el marido o quien sea) arguyeran ese amor del que hablábamos, quizá ella no se iría, vete a saber. Se me ocurre que cada ser humano es una urna viviente que puede estar ocupada por votos contradictorios, o aún contrarios, y que quizá si los votos engrosaran la parte de esa mujer que quiere a su pareja, a pesar de tanto diálogo rechazado, no se iría, lo intentaría de nuevo. Pero si eso pudiera suceder, ya habría sucedido. Y no.

Papá, no sé que pensarías de esta carta. Quizá me dirías, o me dirás, echándote a reír “no te metas en camisa de once varas” —lo del once podría ir por la Diada… Tanto la risa como la frase, muy tuyas.

Te quiero, papá, por lo de la cuerda —que no ataba, sólo consolaba— y por muchas otras cosas. También por comprender, o perdonar, que ahora utilice una frase tuya como defensa de una Cataluña independiente. Solías decirla a menudo, aplicada a muchas situaciones: “cristianos a la fuerza, no”. Y eso me lleva a creer que no querrías una Cataluña española a la fuerza, una Cataluña a la que se le han negado las urnas.

Cèlia Sànchez-Mústich

Poeta y escritora en lengua catalana

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